
Amanda: la maestra que llegó a un pueblo sin luz y hoy lleva la historia de 25 de Mayo a Colombia
...
Por Fredy Frank
Hay historias que no ocupan los grandes titulares, pero que son las que verdaderamente construyen la identidad de un pueblo.
La de Amanda es una de ellas.
Con 79 años, escritora, docente jubilada y una de las impulsoras de la cultura en 25 de Mayo, se prepara para viajar a Colombia, donde presentará una de sus obras en un encuentro internacional de escritores. Sin embargo, para comprender el significado de ese viaje hay que retroceder sesenta años.
En 1966, recién recibida de maestra, dejó su Entre Ríos natal buscando una oportunidad para ejercer la docencia. Un matrimonio amigo, el pastor Bern y su esposa, le escribió contándole que en 25 de Mayo había una escuela frente a su casa con una vacante disponible. No lo dudó. Preparó su valija y emprendió el viaje hacia un destino completamente desconocido.
El pueblo que encontró era muy distinto al de hoy. No había energía eléctrica, ni asfalto, ni agua potable, ni teléfonos. Las casas eran de madera y la selva rodeaba cada rincón. También descubrió cultivos que nunca había visto: yerba mate, té y tabaco.
Su primer destino fue la entonces Escuela Nacional N.º 293. Allí comenzó un desafío enorme: enseñar a chicos que muchas veces caminaban varios kilómetros para llegar a clases y que, en sus hogares, hablaban principalmente portugués o alemán.
Sin librerías ni materiales didácticos, la creatividad era parte del trabajo cotidiano. Amanda fabricaba sus propios recursos con cartón, semillas, piedritas y elementos del entorno para enseñar matemáticas y lectura. Cuando el frío se hacía sentir en las aulas de madera, organizaba fogones en el patio para que los alumnos pudieran entrar en calor antes de continuar las clases.
La relación entre la escuela y las familias era muy distinta a la actual. Si un alumno faltaba varios días, la maestra recorría los caminos para visitar su casa y conocer qué había sucedido. La educación era un verdadero trabajo comunitario.
Durante décadas dejó su huella en cientos de alumnos, muchos de los cuales aún hoy la recuerdan con enorme cariño. Algunos la sorprendieron años después, reconociéndola en ferias del libro o buscándola simplemente para agradecerle lo aprendido en aquellas aulas rurales.
Pero Amanda nunca dejó de aprender ni de crear.
Ya jubilada, fue una de las principales impulsoras de la Biblioteca Popular Victorio Cardoso, institución que presidió durante treinta años y que continúa siendo un espacio fundamental para la vida cultural de 25 de Mayo.
Su amor por la escritura dio origen a ocho libros. En ellos rescata personajes, historias y recuerdos que forman parte de la memoria colectiva del pueblo. También publicó Mis recetas preferidas, una obra donde reunió las recetas heredadas de su madre, sus abuelas y sus tías, convencida de que la cocina también transmite cultura y afecto. Entre dulces, conservas y platos tradicionales, encontró otra manera de preservar la historia familiar.
Hoy, a los 79 años, lejos de pensar en detenerse, prepara nuevamente las valijas. A fines de este mes viajará a Colombia para participar de un intercambio cultural y presentar Desatando Recuerdos, una recopilación de relatos premiados y textos que reflejan parte de su recorrido como escritora.
Más allá de sus libros, Amanda llevará algo todavía más valioso: la historia de 25 de Mayo. Hablará de un pueblo que supo crecer sin olvidar sus raíces, de la educación como herramienta de transformación y de una comunidad que fue construyéndose gracias al esfuerzo silencioso de muchas personas.
Historias como la de Amanda recuerdan que el verdadero patrimonio de un pueblo no está solamente en sus edificios o en sus calles. Está, sobre todo, en quienes dedicaron su vida a enseñar, escribir, compartir conocimientos y sembrar valores.
Porque hay personas que pasan por un lugar… y hay otras que ayudan a construirlo. Amanda pertenece, sin dudas, a ese segundo grupo.