
Bombas de racimo, un arma que divide a la OTAN y agrava el riesgo para los civiles en Ucrania
La última vez que las bombas de racimo se emplearon de forma masiva en una guerra fue particularmente cruel. Sucedió en los estertores de la guerra del Líbano del...
La última vez que las bombas de racimo se emplearon de forma masiva en una guerra fue particularmente cruel. Sucedió en los estertores de la guerra del Líbano del 2006, librada entre Israel y la guerrilla libanesa de Hizbulá. En las últimas 72 horas de aquel conflicto, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU había ya aprobado un alto el fuego y el final de la contienda era inminente, el ejército israelí roció el sur del Líbano con cuatro millones de pequeñas bombas, según la investigación posterior de los equipos de desminado de la ONU. Desde la guerra del Golfo no se veía nada igual. Aquella tormenta indiscriminada no solo hizo estragos en el luctuoso redoble final de la guerra, sino que siguió matando mucho tiempo después de que las armas callaran. En los 16 meses posteriores al conflicto, casi 200 civiles --muchos de ellos niños-- murieron al tropezar con el plomo de los racimos.