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La batalla de Mbororé y su legado en el ADN misionero

El 385º aniversario de la Batalla de Mbororé abre un espacio para mirar a nuestra historia regional

La batalla de Mbororé y su legado en el ADN misionero

El 385º aniversario de la Batalla de Mbororé abre un espacio para mirar a nuestra historia regional

Era 1641, habían transcurrido casi siglo y medio del desembarco de los españoles en el nuevo continente y apenas unas décadas desde la fundación de la Provincia Jesuítica del Paraguay (1604), que significó un par de años después la presencia efectiva de los sacerdotes de la Compañía de Jesús en los amplios y selváticos territorios del Guayrá, Itatín, Tapé (actual Brasil), Uruguay (Brasil, Argentina y Uruguay actuales) y Paraná (hoy Argentina, Paraguay y Brasil), donde fueron construyendo las misiones. 

Bien podría decirse que eran los albores de la historia americana en suelo conquistado a sangre por las potencias europeas y en esas áreas de permeables fronteras imperiales se agitaban inminentes peligros que modificaron el modo de habitar la geografía que hoy reconocemos como nuestra provincia de Misiones, parte de la nación argentina y fraterna con los países vecinos.

Esa conexión con la naturaleza, esa ancestralidad que precede al castellano y al portugués y desboca las márgenes de los ríos fue una fuerza rectora para defender los límites de la vida en primer lugar, de la paz y de la pertenencia a una etnia y a un territorio. Esa vocación de libertad y fe unió a jesuitas y líderes originarios para planificar los pormenores de una batalla que los salvara del yugo de las bandeiras, que sembraban éxodo, esclavitud y muerte en cada incursión.

...Como dijimos, era 1641, un 11 de marzo... cuando acontecieron entre agua y monte los sucesos de la Batalla de Mbororé, conflicto que se extendió por una semana y finalizó con una victoria histórica para el proyecto jesuítico, las familias guaraníes, la corona española y hasta este presente tal como lo conocemos.

Preparativos

Se sabía desde mucho antes, por un sistema de postas de vigilancia y expediciones en terreno, que los bandeirantes venían bajando en miles el río Uruguay con la intención de atacar los pueblos y esclavizar a sus habitantes llevándolos a pie hasta San Pablo para venderlos a los hacendados.

Sacerdotes e indígenas ya habían puesto un freno a las ambiciones de las milicias lusitanas que tenían en sus filas también aborígenes tupí derrotándolos en Caazapá miní y Caazapá guazú en 1639, cuando quedó evidenciado que necesitaban contar con armas de fuego para la defensa. 

Así, el Padre Montoya viajó a Europa para lograr que su santidad condenara la esclavización de los indígenas y también buscaba que la corona los autorice para armarse.

Para la refriega de ese día glorioso de marzo en las costas del río Uruguay se prepararon los guaraníes bajo las órdenes de los sacerdotes jesuitas con carrera militar. “Los hermanos Juan Cárdenas y Antonio Bernal supervisados por el hermano Domingo Torres; los jefes de ataque fueron los caciques Ignacio Abiarú y Nicolás Ñeenguirú. El supervisor de guerra P. Pedro Romero y asistentes los PP. Ruyer, Altamirano, Mola y Domenech. El ejército guaraní-misionero contó con 4.200 indios de guerra, 300 fusiles, alfanjes, buena cantidad de arcos y flechas, macanas, hondas con piedras, un cañoncito y cañoncitos de cañas de tacuaruzú revestidas de cuero vacuno”, detalló la historiadora Liliana Mirta Rojas a El Territorio.

La contienda

El campo de batalla fue entre agua, ribera y monte, en cansadores días y desveladas noches sobre el Uruguay entre el arroyo Acaraguá y sobre todo en la zona del Mbororé hasta el curso del Once Vueltas ubicado más al sur.

Los bandeirantes estaban mejor equipados para la guerra, pero la buena planificación, la estrategia de sorprender a los enemigos en un recodo del que no podían escapar y la inventiva de armamentos artesanales favorecieron a los religiosos y los nativos. Se cuenta que los padres jesuitas dejaron a discreción de los mburuvicha el tratamiento de los prisioneros que durante años habían matado a tantos de su gente.

Memoria viva y en construcción

Al cumplirse esta semana el 385 aniversario de la Batalla de Mbororé, esta lucha de los originarios por la defensa de sus tierras y de su estirpe junto a los padres jesuitas, el acontecimiento sigue interpelando tanto por lo que cuenta como por sus olvidos. Además, por sus continuidades con las reivindicaciones de los pueblos originarios en la actualidad.  

Negada en la historia oficial nacional, abordada por investigadores de la historia regional y también desde la literatura y otras artes como la madre de las batallas navales en Argentina, en los últimos tiempos hay una puesta en valor de este hecho en los municipios que todavía guardan vestigios de aquel  choque.

El Peñón de Mbororé, un gigante de basalto de poco menos de 150 metros de altura, ubicado en el municipio de Panambí, y al que se llega por un camino espiralado ascendente de unos 1.000 metros, es un emblema de este capítulo de la historia que nos habla de soberanía y dignidad.

En las páginas de este informe dominical, los sucesos de la Batalla de Mbororé, su legado, consecuencias y los desafíos para su posicionamiento en el lugar saliente de la historia grande argentina y sudamericana se exponen en las voces de quienes la pesquisaron, cada uno con su postura y estilo.  

Cuidar el patrimonio

El historiador Esteban Snihur, quien integró el equipo que recorrió toda la zona del combate para un relevamiento histórico arqueológico, señaló que en el Peñón de Mbororé no se encontraron vestigios de que haya sido sitio de la batalla, pero sí esa milenaria estructura fue testigo de la gesta y como tal “se ha constituido en un emblema” de este acontecimiento decisivo para lo que sería con el devenir de la historia el estado nacional.

Además, evidenció que un desafío hacia adelante consiste en lograr proteger todos los sitios arqueológicos de Mbororé, para que en su momento puedan ser explorados por científicos y las generaciones presentes y futuras tengan acceso a este acervo de memoria.

En este sentido resaltó el proyecto El Camino de los Jesuitas, un programa internacional que busca dar unidad transfronteriza a la huella jesuítica.                                   

“Esta victoria permitió consolidar un sistema social, político y económico propio que hoy reconocemos como la Herencia Misionera, un legado de coraje y unidad que dio origen a la realidad cultural de nuestra actual región guaraní-misionera”, expresó en sus redes la Junta De Estudios Históricos De Misiones en el Día de Mbororé.

Como consecuencia de la batalla los pueblos pudieron establecerse en esta región y prosperar ya que el bandeirismo fue desviado tras la derrota. 

Fuente: https://www.elterritorio.com.ar