
Oscar Martín Alvez Sosa trabaja en la Escuela Intercultural Bilingüe Nº 975, en la aldea Ygua Porá, donde enseñar también implica aprender de otra cultura y acompañar a sus alumnos sin borrar sus raíces.
Por Silvana Dos Santos El Territorio
Cada 11 de septiembre, el Día del Maestro invita a mirar más allá de las aulas y reconocer las historias que sostienen la enseñanza en distintos rincones de la provincia. Algunas comienzan mucho antes de que suene el timbre, entre kilómetros de ruta, caminos de tierra y jornadas en las que llegar a la escuela ya forma parte del desafío. Esa es la realidad de Oscar Martín Alvez Sosa, docente de la Escuela Intercultural Bilingüe (EIB) de Jornada Completa Nº 975, quien encontró en la aldea Ygua Porá no sólo un lugar para enseñar, sino también una cultura de la que aprender.
“Nosotros recorremos 40 kilómetros de ida y 40 de vuelta por día. Tenemos 30 kilómetros de asfalto por la ruta 14 y después unos diez kilómetros y medio de camino de tierra hasta llegar a la escuela. Actualmente el camino está muy feo y los días de lluvia tenemos muchas dificultades para entrar por el barro. Además, es muy transitado por camiones y cruzamos tres arroyos, con puentes donde, después de varios días de lluvia, el agua puede pasar por arriba”, contó Oscar sobre un trayecto que forma parte de su rutina.
La escuela está ubicada en el kilómetro 87 de Picada Martín Miguel de Güemes y pertenece actualmente a Fracrán. Antes dependía de San Vicente, pero la situación cambió cuando Fracrán pasó a constituirse como localidad. Allí estudian este año 55 alumnos y trabajan tres docentes junto a una directora. Los grados se distribuyen entre la docente Camila, a cargo de primero y segundo; Martín, de tercero y cuarto; y Franco, quien enseña en quinto, sexto y séptimo.
“También contamos con un ADI, que pertenece al pueblo originario y nos ayuda con la traducción. Por ahí nos traduce a nosotros lo que los alumnos necesitan o les traduce a ellos aquello que queremos enseñarles en su propia lengua. Para entender el guaraní nos apoyamos mucho en él, porque nos fue enseñando palabras básicas, palabras sueltas que los chicos pueden comprender cuando queremos explicarles algo”, relató.
La llegada de Oscar a Ygua Porá se remonta a 2022, cuando acababa de recibirse y tomó una suplencia para reemplazar a una docente que esperaba un hijo. Después continuó su recorrido en la escuela núcleo de la que entonces dependía el aula satélite y trabajó allí durante un tiempo. En 2024 regresó a la institución de la aldea a partir de un traslado solicitado por los docentes titulares. Desde entonces lleva dos años en su actual cargo y transita el camino hacia el tercero.
“Los primeros días fueron bastante complicados porque estaba recién recibido y no tenía ninguna experiencia -aparte de la residencia- frente a los alumnos. Además, me encontré con una cultura muy distinta a la nuestra. Me tocaron primero, segundo y tercer grado y, como ellos todavía no tenían jardín, había chicos que no comprendían nada de español. Me costaba muchísimo lograr que copiaran y que me entendieran”, recordó.
Aquella primera experiencia estuvo atravesada por algo más. Martín debía encontrar una manera de comunicarse con niños cuya lengua materna no era la suya y hacerlo sin desplazar aquello que formaba parte de su identidad. Con el paso del tiempo, las palabras empezaron a encontrarse. Aprendió expresiones, descubrió otras maneras de hacerse entender y el aula que inicialmente representaba un desafío comenzó a convertirse en un espacio compartido.
“Después, cuando le agarré la mano, fuimos aprendiendo palabras y maneras de expresarnos con ellos para que nos entendieran y fue más llevadero. Hoy nos resulta mucho más fácil trabajar porque ya nos incorporamos dentro de su cultura”, expresó.
También tuvo que desarmar algunas ideas que llevaba consigo antes de conocer la comunidad. La ansiedad de aquellos primeros viajes estaba acompañada por una imagen de los pueblos originarios que -reconoce- poco tenía que ver con la vida que finalmente encontró en Ygua Porá. La convivencia cotidiana se trasformó en el conocimiento de personas, costumbres y formas diferentes de mirar el mundo.
“Cuando iba para allá tenía mucha ansiedad porque no sabía cómo eran. Cuando uno estudia te muestran una visión de los pueblos originarios muy distinta a la que en realidad es. La verdad es que son personas como cualquiera de nosotros, solamente con costumbres distintas”, reflexionó.
Labor docente
En las aulas, lengua y matemática ocupan un lugar central, aunque enseñar español tiene un sentido particular. El objetivo es que los estudiantes puedan comprenderlo y utilizarlo cuando lo necesiten fuera de la comunidad, pero sin que ese aprendizaje signifique abandonar su lengua materna. A esa tarea se suman talleres de cultura guaraní que buscan preservar los conocimientos y prácticas propias de la comunidad.
“Queremos que ellos lleguen a comprender bien el español sin sacarles su lengua madre. La idea es que no pierdan lo suyo, pero que también puedan defenderse si -por ejemplo- tienen que ir a comprar al pueblo”, señaló.
La jornada completa permite que la enseñanza salga de las materias tradicionales y se encuentre también con las manos, la tierra y los saberes cotidianos. La escuela cuenta con una huerta y desarrolla talleres de artesanía en los que conviven producciones de la cultura criolla con las de la comunidad. También hay un taller de cocina donde preparan tanto comidas habituales de la sociedad no indígena como platos propios de las familias mbya.
Actualmente, todos los alumnos que asisten a la institución pertenecen a la comunidad mbya y no hay estudiantes criollos. Martín conoció otra realidad en una escuela anterior, donde ambos grupos compartían las aulas. De aquella experiencia conserva el recuerdo de una convivencia respetuosa y señala que, en el ámbito donde trabaja, situaciones como la discriminación o el bullying no suelen formar parte de la cotidianeidad y, cuando aparece algún conflicto, los adultos intervienen de inmediato.
Más allá de enseñar
Pero la tarea de los docentes no termina cuando se guardan los cuadernos. La pequeña escuela no cuenta con portero, por lo que son ellos quienes se ocupan también de limpiar el edificio. Hoy tienen cocinera, aunque durante un tiempo debieron asumir incluso la preparación de los alimentos. La infraestructura es sencilla: dos aulas de material y otros espacios construidos en madera, entre ellos sectores destinados a un grado y al jardín.
“Además de enseñar, también hacemos la limpieza porque no tenemos portero. Ahora tenemos cocinera, pero antes también cocinábamos. La escuela no es muy grande y tenemos una parte de material y otra que es escuela rancho, de madera”, describió.
Las necesidades se hacen visibles en cosas sencillas que en otros lugares pueden resolverse con mayor facilidad. Hace falta un espacio más amplio para cocinar y elementos para equiparlo. También ropa, útiles, hojas y cuadernos para los chicos. La distancia con el pueblo vuelve más difícil reponer aquello que se termina y, en algunas familias, el dinero tampoco alcanza para hacerlo. Por eso, desde la escuela buscan ayuda y realizan publicaciones para conseguir donaciones, aunque el maestro reconoce que este año la situación económica hizo más difícil recibirlas y las carencias comenzaron a sentirse con mayor fuerza.
El comedor es otro de los lugares donde el presupuesto obliga a hacer rendir cada recurso. Muchas de las comidas se preparan sin carne porque no cuentan con fondos suficientes para incorporarla todos los días. Cuando es posible, se incluye en el menú. Y cuando alguna necesidad cotidiana no puede esperar, son los propios trabajadores de la escuela quienes muchas veces buscan la manera de resolverla.
“Nosotros solemos poner plata de nuestro bolsillo para cubrir necesidades. Si falta un cuaderno o algo para la cocina, a veces la directora suele comprarlo con su dinero. También lo hacemos para mejorar el lugar donde trabajamos. Hace poco se hizo una cocina y se utilizó plata de los docentes”, contó.
Entre esas dificultades transcurre una experiencia que para Martín terminó dando un significado particular a la docencia. Enseñar en Ygua Porá lo acercó a realidades diferentes de las que conocía y lo obligó a buscar nuevas maneras de llegar a sus estudiantes. El aprendizaje, allí, puede necesitar otros tiempos, otras palabras y una paciencia que se construye todos los días. Quizás por eso, cuando finalmente aparece, también se disfruta de otra manera.
“Enseñar en este contexto para mí es muy importante y muy lindo, porque te lleva a realidades distintas y a superarte día a día. Tenés que atravesar muchas situaciones difíciles, tanto para uno como docente como al ver las situaciones de los niños. Lograr que ellos adquieran los conocimientos no suele ser tan fácil como en el pueblo, pero cuando uno nota que aprenden, la satisfacción es doble”.
La entrada Recorre 80 kilómetros por día, guiado por la vocación de enseñar se publicó primero en Diario Sol.
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